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ECOFEMINISMO: LA CLAVE PARA UNA URGENTE TRANSFORMACIÓN PROFUNDA

Cooperación al desarrollo y cambio climático

El término ecofeminismo lo utilizó por primera vez Françoise d’Eaubonne a mediados de los años 70, en una década caracterizada por protestas contra la destrucción ambiental y en la que surge el movimiento ecologista. En este contexto, d’Eaubonne habla de ecofeminismo para visibilizar la capacidad de las mujeres para encabezar una revolución ecológica que propusiera nuevas relaciones de género, así como entre la humanidad y la naturaleza.

Desde entonces, se identifican cuatro olas del ecofeminismo y multitud de corrientes. Sin embargo, este artículo no pretende poner el foco en las diferencias de las definiciones y argumentos teóricos de los ecofeminismos, sino en subrayar la importancia de reconocer sus rasgos comunes. Ejemplo de ello son las mujeres, con quienes hemos tenido la oportunidad de colaborar¹ , que mediante sus historias, voces y miradas, inspiran el enfoque de estas líneas. Mujeres diversas: de contextos, culturas, generaciones diferentes, a quienes les une su compromiso por el cuidado de la naturaleza, y por la defensa de los derechos de las mujeres. Mujeres que se reconocen interdependientes y ecodependientes en un mundo marcado por un sistema heteropatriarcal, en el que las mujeres y la naturaleza somos las partes más oprimidas. Mujeres que encuentran riqueza en la diversidad, y que subrayan que la fuerza de la colectividad es clave en la lucha” para lograr la transformación hacia un mundo que acoja la perspectiva ecofeminista como transversal.

“Las relaciones que establecemos desde el ecofeminismo, con la naturaleza y con los seres vivos, se construyen desde la ética, la empatía y la compasión. Debemos acabar con las violencias, dominaciones y explotaciones que se ejercen sobre las mujeres, sobre los territorios, sobre la vida y sobre la Tierra”.

Los ecofeminismos parten de la convicción de que las opresiones contra las mujeres y contra la naturaleza están interconectadas por la invisibilización que el modelo hegemónico actual, basado en estructuras políticas, económicas, sociales y de género, injustas y discriminatorias, ejerce sobre ambas. Ante esto, las diferentes corrientes ecofeministas apelan a una profunda transformación en los modos en que las personas nos relacionamos entre nosotras y con la naturaleza, sustituyendo las fórmulas de opresión, imposición y apropiación, y superando las visiones antropocéntricas y androcéntricas.

La complejidad de las causas estructurales que provocan la invisibilización e infravaloración de las mujeres y la naturaleza en la sostenibilidad de la vida, es lo que apela a la urgencia de una profunda transformación. Y es que, el pensamiento androcéntrico, propio del sistema heteropatriarcal, está basado en un pensamiento dicotómico que construye relaciones de poder injustas, ya que divide la realidad en pares opuestos jerarquizados y excluyentes: cultura-naturaleza, hombre-mujer, humano-animal, razón-emoción o público-privado, entre otros. Esta estructura, además de ser una lectura limitada y reduccionista, impacta de manera negativa en el mantenimiento de la vida en el planeta, al priorizar el poder y los indicadores económicos, sobre la justicia social y climática, provocando así complejas crisis interrelacionadas.

En esta línea, en el ecofeminismo reside la idea de que como consecuencia de los roles tradicionales, los impactos ambientales y socioculturales, que provocan estas crisis, afectan de manera diferenciada a las mujeres y a los territorios más vulnerables.

Imagen de una mano de una mujer

La crisis climática está provocando daños irreversibles en la naturaleza, en gran medida, a causa de un modelo de desarrollo basado en el crecimiento ilimitado, que ignora y omite los servicios ambientales que la naturaleza ofrece al mantenimiento de la vida. Las grandes empresas extractivas, y los intereses de las principales potencias mundiales, perciben la naturaleza como mero recurso, y priorizan el capital por encima de la vida. Los efectos de esta crisis aumenta la desigualdad social debido a que el enriquecimiento de una parte de la humanidad, se da a costa de la explotación de los territorios y los medios de vida de la otra. Además, aunque la población mundial está repartida a parte casi iguales entre ambos sexos, el 80% de las personas desplazadas climáticas son mujeres .

La crisis social aumenta la desigualdad entre países, sociedades y personas, como consecuencia de un modelo que sostiene valores y estructuras jerárquicas que promueven relaciones de poder desiguales. Así, crecen las brechas entre quienes aumentan su riqueza y su poder, y quienes quedan excluidas del bienestar, de la participación política, del empleo digno, de la justicia, y de los derechos humanos, entre otros. Así, lo que en estos días está ocurriendo en la COP26, es reflejo de cómo está construida la sociedad. Y es que, aunque un 45% de los miembros de los equipos negociadores son mujeres, la mayor parte de las cabezas de negociación son hombres.

La crisis cultural surge de la homogeneización del estilo de vida capitalista y occidental impuesto por la globalización. La consecuencia de estos neocolonialismos es la pérdida de la identidad y del conocimiento de comunidades, culturas o etnias, que son claves en la búsqueda y en la construcción de alternativas locales, que podrían impactar en dinámicas globales. Un ejemplo concreto de ello es el impacto que la explotación de la selva amazónica está provocando en la destrucción de culturas, lenguas e instituciones de pueblos indígenas, considerados “guardianes de la selva”, y por consiguiente, de la estabilidad climática y la vida en el planeta.

La crisis de los cuidados. Mientras los cuidados continúen recayendo en mujeres, mientras no sean retribuidos ni considerados con el valor que merecen, y se sigan creando cadenas de cuidados que condenan a muchas mujeres a este sector precario, esta crisis continuará. Y es que, los cuidados “históricamente” asumidos por mujeres y relegado al ámbito de lo no-económico, hoy continúa en la misma dinámica. Por un lado, porque la mayoría de tareas no remuneradas ni reconocidas socialmente, continúan siendo realizadas por mujeres. Pero además, el trabajo que antes nos correspondía por el hecho de nacer mujer, hoy tiene forma de empleo precario, y recae en mujeres generalmente migrantes y racializadas. “No hemos dado con la solución, pues se está delegando en otras mujeres lo que nosotras históricamente hemos intentado subvertir”.

La ya mencionada interrelación de estas crisis, nos lleva a hablar de una gran y compleja crisis socioambiental que ha construido sociedades que naturalizan las desigualdades y discriminaciones, por lo que resulta imprescindible su deconstrucción. En esta línea, el ecofeminismo no es sólo una vía para denunciar el modelo actual, sino también una herramienta para defender las alternativas, mediante la transversalización de las miradas ecofeministas en la vida del planeta y de la ciudadanía global. En definitiva, es urgente visibilizar y denunciar los procesos de explotación y de violencia contra las mujeres y la naturaleza que se dan en distintos puntos del planeta y anunciar el papel protagonista que las mujeres y la naturaleza hemos tenido y tenemos en la sostenibilidad de la vida.

Sara Diego, técnica de incidencia política en Alboan, y acompañante del proceso del grupo de mujeres que inspiran este artículo.

¹ Un grupo de 11 mujeres, cinco del País Vasco, y seis de países que componen la Panamazonía. Con ellas, hemos puesto en marcha un proceso en el que, a partir de sus historias de vida y experiencias vinculadas al activismo y defensa de los bienes de la naturaleza y derechos humanos, estamos construyendo narrativas comunes desde la perspectiva ecofeminista, para generar conocimiento e incidencia política en torno a los conflictos ecosociales y la defensa de la vida en el planeta.
Las expresiones en cursiva que aparecen a lo largo del texto son citas recuperadas de las sesiones que hemos compartido con ellas.

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